Sentí nuevamente- tras meses de ausencia- el cruel deseo de
que el tiempo se detuviera; no para
frenarlo a voluntad, solo quería que la sensación no cesara: que el placer
alcanzado en la ejercitación de las mandíbulas y los párpados no sufriera el
irremediable destino de pertenecer perpetuamente al ayer y no al presente. Tampoco ansiaba el futuro,
ese despuntar histérico de las horas. Solo añoraba ese “ahora ya” que
significaba tener los labios suaves, tersos y húmedos tras esos besos que sabía
no volverían a ocurrir en un largo tiempo. O peor aún, nunca.
Mi cráneo entero casi resulta arrastrado en la acelerada huida del bus por la avenida. Se iba. Nada que hacer.
Entonces me senté en el paradero y pensé: en resumen ¿Quién
salió victorioso? Y allí fue que caí en la cuenta del indiscutible triunfo del
deseo y la pasión, vencedores de las circunstancias y vaticinios cronológicos.
Y si bien él se fue a su país natal concretamos y sellamos
tres semanas de una mutua comprensión psicológica y una interacción física
exquisita. Sublime.
¡Oh
cómo extrañaré! ¡Cómo añoraré ese pecho amplio y generoso y sus brazos
rodeándome la espalda, entre mis manos y las nalgas o enredados sus dedos en mí
pelo!
¡Cómo me hará falta ese aroma sobre su cuello y luego sobre
mi piel tras besarnos desenfrenadamente!
¡Cuánto gozamos!¡Cómo reproduciré en mi memoria –y mi palma derecha- las fricciones y mordiscos y los acabar tan placenteramente!
De seguro no regresará por mí. ¡Un robo tan descomunal a la
miseria! –El hurto de la felicidad pasajera- ¡Qué días le robamos al tiempo!
¡Qué tarde vinimos a conocernos! –En esa absurda y magnífica tarde de frases
azarosas, un cafecito y el recostarse en el pasto conversando para aplacar esa
cómplice tensión sexual-
Y aunque todos saben que más vale tarde que nunca, el
patológico capricho me corroe. Los escenarios
supuestos:
¡Si hubiera nacido en su país! ¡Si él fuese Santiaguino! ¡Si
mi cuna hubiese sido de oro y pudiera seguir su vuelo! Pero esa no es la
realidad.
Aquí me quedaré. Acá pertenezco yo. A esta ciudad que huye
del tiempo –y en el escape corre a toda prisa atropellándonos-
Ingreso a la estación Baquedano aun mirando hacia atrás cada
cierto intervalo. Sabiendo que no va a pasar.
Pero esto soy. Lo otro también. Y si usted gustó de mi compañía
–como yo gusté de usted, claro está, le solicito una pronta visita.Y no tarde, se lo ruego o Santiago me va a devorar.
Sentí nuevamente- tras meses de ausencia- el cruel deseo de
que el tiempo se detuviera; no para
frenarlo a voluntad, solo quería que la sensación no cesara: que el placer
alcanzado en la ejercitación de las mandíbulas y los párpados no sufriera el
irremediable destino de pertenecer perpetuamente al ayer y no al presente. Tampoco ansiaba el futuro,
ese despuntar histérico de las horas. Solo añoraba ese “ahora ya” que
significaba tener los labios suaves, tersos y húmedos tras esos besos que sabía
no volverían a ocurrir en un largo tiempo. O peor aún, nunca.
Pero una vez más Kronos escupiendo y salivando devora a Eros
y me noquea de un certero golpe bajo.
Primero quedé estupefacto viendo cómo se alejaba -a tan sólo
horas de abordar el vuelo- sobre la micro el objeto de mi indomable deseo. Pero
luego, cual can patiperro una parte de mí salió disparada ladrando y clavando
mis colmillos en los neumáticos. Quizá fuera mi última oportunidad y detendría en definitiva su partida. Craso error. Un mortal desafiando al vil Titán y al resto de los dioses.
Mi cráneo entero casi resulta arrastrado en la acelerada huida del bus por la
avenida. Se iba. Nada que hacer.
Entonces me senté en el paradero y pensé: en resumen ¿Quién
salió victorioso? Y allí fue que caí en la cuenta del indiscutible triunfo del
deseo y la pasión, vencedores de las circunstancias y vaticinios cronológicos.
Y si bien él se fue a su país natal concretamos y sellamos
tres semanas de una mutua comprensión psicológica y una interacción física
exquisita. Sublime. ¡Oh
cómo extrañaré! ¡Cómo añoraré ese pecho amplio y generoso y sus brazos
rodeándome la espalda, entre mis manos y las nalgas o enredados sus dedos en mí
pelo!
¡Cómo me hará falta ese aroma sobre su cuello y luego sobre
mi piel tras besarnos desenfrenadamente! ¡Cuánto gozamos! ¡Cómo reproduciré en mi memoria
–y mi palma derecha- las fricciones y mordiscos y los acabar tan
placenteramente!
De seguro no regresará por mí. ¡Un robo tan descomunal a la
miseria! –El hurto de la felicidad pasajera- ¡Qué días le robamos al tiempo!
¡Qué tarde vinimos a conocernos! –En esa absurda y magnífica tarde de frases
azarosas, un cafecito y el recostarse en el pasto conversando para aplacar esa
cómplice tensión sexual-.
Y aunque todos saben que más vale tarde que nunca, el
patológico capricho me corroe. Los escenarios
supuestos:
¡Si hubiera nacido en su país! ¡Si él fuese Santiaguino! ¡Si
mi cuna hubiese sido de oro y pudiera seguir su vuelo! Pero esa no es la
realidad.
Aquí me quedaré. Acá pertenezco yo. A esta ciudad que huye
del tiempo –y en el escape corre a toda prisa atropellándonos-
Ingreso a la estación Baquedano aun mirando hacia atrás cada
cierto intervalo. Sabiendo que no va a pasar.
Pero esto soy. Lo otro también. Y si usted gustó de mi compañía
–como yo gusté de usted, claro está, le solicito una pronta visita.
Y no tarde, se lo ruego o Santiago me va a devorar.
Ave Caesar Morituri Te Salutant
