viernes, 1 de mayo de 2015

Esto soy, aquí me quedo. Si gusta puede quedarse


Sentí nuevamente- tras meses de ausencia- el cruel deseo de que el tiempo se detuviera;  no para frenarlo a voluntad, solo quería que la sensación no cesara: que el placer alcanzado en la ejercitación de las mandíbulas y los párpados no sufriera el irremediable destino de pertenecer perpetuamente al ayer  y no al presente. Tampoco ansiaba el futuro, ese despuntar histérico de las horas. Solo añoraba ese “ahora ya” que significaba tener los labios suaves, tersos y húmedos tras esos besos que sabía no volverían a ocurrir en un largo tiempo. O peor aún, nunca.

Pero una vez más Kronos escupiendo y salivando devora a Eros y me noquea de un certero golpe bajo.    
Primero quedé estupefacto viendo cómo se alejaba -a tan sólo horas de abordar el vuelo- sobre la micro el objeto de mi indomable deseo. Pero luego, cual can patiperro una parte de mí salió disparada ladrando y clavando mis colmillos en los neumáticos. Quizá fuera mi última oportunidad  y detendría en definitiva su partida. Craso error. Un mortal desafiando al vil Titan y al                                                                                                             resto de los dioses. 
Mi cráneo entero casi resulta arrastrado en la acelerada huida del bus por la avenida. Se iba. Nada que hacer.

 
Entonces me senté en el paradero y pensé: en       resumen ¿Quién salió victorioso? Y allí fue que   caí en la cuenta del indiscutible triunfo del deseo y la pasión, vencedores de las circunstancias y     vaticinios cronológicos.
Y si bien él se fue a su país natal concretamos y sellamos tres semanas de una mutua comprensión psicológica y una interacción física exquisita. Sublime.
¡Oh cómo extrañaré! ¡Cómo añoraré ese pecho amplio y generoso y sus brazos rodeándome la espalda, entre mis manos y las nalgas o enredados sus dedos en mí pelo!
¡Cómo me hará falta ese aroma sobre su cuello y luego sobre mi piel tras besarnos desenfrenadamente!

 ¡Cuánto gozamos!¡Cómo reproduciré en mi memoria –y mi palma derecha- las fricciones y mordiscos y los acabar tan placenteramente!
De seguro no regresará por mí. ¡Un robo tan descomunal a la miseria! –El hurto de la felicidad pasajera- ¡Qué días le robamos al tiempo! ¡Qué tarde vinimos a conocernos! –En esa absurda y magnífica tarde de frases azarosas, un cafecito y el recostarse en el pasto conversando para aplacar esa cómplice tensión      sexual-
Y aunque todos saben que más vale tarde que nunca, el patológico capricho me corroe.                       Los escenarios supuestos:
¡Si hubiera nacido en su país! ¡Si él fuese Santiaguino! ¡Si mi cuna hubiese sido de oro y pudiera seguir su vuelo! Pero esa no es la realidad.
Aquí me quedaré. Acá pertenezco yo. A esta ciudad que huye del tiempo –y en el escape corre a toda prisa atropellándonos-
Ingreso a la estación Baquedano aun mirando hacia atrás cada cierto intervalo. Sabiendo que no va a pasar.
Pero esto soy. Lo otro también. Y si usted gustó de mi compañía –como yo gusté de usted, claro está, le solicito una pronta visita.Y no tarde, se lo ruego o Santiago me va a devorar. 


Sentí nuevamente- tras meses de ausencia- el cruel deseo de que el tiempo se detuviera;  no para frenarlo a voluntad, solo quería que la sensación no cesara: que el placer alcanzado en la ejercitación de las mandíbulas y los párpados no sufriera el irremediable destino de pertenecer perpetuamente al ayer  y no al presente. Tampoco ansiaba el futuro, ese despuntar histérico de las horas. Solo añoraba ese “ahora ya” que significaba tener los labios suaves, tersos y húmedos tras esos besos que sabía no volverían a ocurrir en un largo tiempo. O peor aún, nunca.
Pero una vez más Kronos escupiendo y salivando devora a Eros y me noquea de un certero golpe bajo.    

Primero quedé estupefacto viendo cómo se alejaba -a tan sólo horas de abordar el vuelo- sobre la micro el objeto de mi indomable deseo. Pero luego, cual can patiperro una parte de mí salió disparada ladrando y clavando mis colmillos en los neumáticos. Quizá fuera mi última oportunidad  y detendría en definitiva su partida. Craso error. Un mortal desafiando al vil Titán y al resto de los dioses. Mi cráneo entero casi resulta arrastrado en la acelerada huida del bus por la avenida. Se iba. Nada que hacer.
Entonces me senté en el paradero y pensé: en resumen ¿Quién salió victorioso? Y allí fue que caí en la cuenta del indiscutible triunfo del deseo y la pasión, vencedores de las circunstancias y vaticinios cronológicos.
Y si bien él se fue a su país natal concretamos y sellamos tres semanas de una mutua comprensión psicológica y una interacción física exquisita. Sublime.                                                 ¡Oh cómo extrañaré! ¡Cómo añoraré ese pecho amplio y generoso y sus brazos rodeándome la espalda, entre mis manos y las nalgas o enredados sus dedos en mí pelo!
¡Cómo me hará falta ese aroma sobre su cuello y luego sobre mi piel tras besarnos desenfrenadamente! ¡Cuánto gozamos! ¡Cómo reproduciré en mi memoria –y mi palma derecha- las fricciones y mordiscos y los acabar tan placenteramente!
De seguro no regresará por mí. ¡Un robo tan descomunal a la miseria! –El hurto de la felicidad pasajera- ¡Qué días le robamos al tiempo! ¡Qué tarde vinimos a conocernos! –En esa absurda y magnífica tarde de frases azarosas, un cafecito y el recostarse en el pasto conversando para aplacar esa cómplice tensión sexual-.
Y aunque todos saben que más vale tarde que nunca, el patológico capricho me corroe.                       Los escenarios supuestos:
¡Si hubiera nacido en su país! ¡Si él fuese Santiaguino! ¡Si mi cuna hubiese sido de oro y pudiera seguir su vuelo! Pero esa no es la realidad.
Aquí me quedaré. Acá pertenezco yo. A esta ciudad que huye del tiempo –y en el escape corre a toda prisa atropellándonos-
Ingreso a la estación Baquedano aun mirando hacia atrás cada cierto intervalo. Sabiendo que no va a pasar.
Pero esto soy. Lo otro también. Y si usted gustó de mi compañía –como yo gusté de usted, claro está, le solicito una pronta visita.
Y no tarde, se lo ruego o Santiago me va a devorar.


Ave Caesar Morituri Te Salutant