Ninguno de los presentes sabía con algún grado de certeza, si eran las ruedillas, las sombras que proyectaba el farol central, o los torsos desnudos lo que mantenía a Rodrigo con las córneas clavadas en el Skate-Park del Parque Araucano.
Se dirigía allí cada día al entrar o salir de su pega en el Shopping, en esa tienda "atestada de maricas irritantes y trepadores sociales"
Eran sus palabras, pero él no era muy distinto y en una banca junto al complejo deportivo deleitábase con el vicio por los que como él habían sido chapados por la naturaleza.
La otra costilla era solo un hueso desabrido, quería todo lo demás. La costilla la dejaba sin tocar sobre el plato, para alimentar a las moscas.
Los contemplaba, rubios, delgados, castaños, todo músculos, viriles, cayendo, sudando, siendo irresistibles y completamente soberbios.
Tan masculinos como fuera posible, salvo por un puñado, el de los invertidos, que arremetían sus cuerpos en la patineta sobre las rampas y aun así cuan fácil engañaban la vista distraída.
Se fijaba en uno en particular y no le sacaba los voyeuristas ojos de encima. Si se accidentaba, creo, le dolía más él que al Adonis.
Llevaba un insolente arete en el lóbulo derecho y exhibía sin pudor el gastado bóxer azul a cuadros -de los que se llevan sueltos- junto al esculpido abdomen. Había hallado una presa de su fiel obsesión.
Y cuanto ansiaba rebanarles, mutilarlos, quitarle las alas en pleno vuelo a las rosas mariposas que se jactaban de su sexualidad, cuando él ansiaba tener tan sólo un poquito de esa libertad descarada.
Con su propia mano habría encendido la pira medioeva que calcinara a esos herejes no sin antes una intensa jornada de torturas hasta hacerles -infructuosamente- abandonar esa sedición pestilente de la homosexualidad.
Creía interpretar a la perfección el papel de heterosexual, pero no era cierto. A decir verdad se mimetizaba con los visitantes indeseados, más de lo que él hubiese querido.
Un par de veces recibió propuestas de distinto calibre, las que pese a haberlas concretado gustoso, prefirió ignorar, influido por una moral conservadora y un afán irracional de pertenecer a lo que él llamaba normalidad.
Creía que ese intersticio, esa ambigüedad indefinida, era el lugar más cómodo para habitar, pero era esa autorepresión la que acrecentaba la bestia insaciable que moraba en su interior.
Así que impulsado por su pasión ciega, se dirigió religiosamente al Araucano, para ver a su muchachito y el océano de testosterona que le rodeaba.
Siempre había tenido esa clase de comportamientos, a los quince no se perdía ninguna pichanga de barrio, seguía cada movimiento desde las gradas de la cancha y el sube-baja de los paquetes.
Capturaba, como si por ojos tuviera una cámara, la imagen ganimidea de los pendejos narcisos, y luego se dirigía a un rincón solitario a revelar los negativos. Ampliaba las tomas y con la mano libre se daba placer. Los cogía, los desnudaba y frotaba unos contra otros como si de muñecos de trapo se tratara, llegando hasta el orgasmo que cubriera pasto y tréboles de una espesa y blanquecina nevazón.
Concretaba la abominación, se traicionaba en lo más profundo. Pero era más fiel que nunca a su instintiva esencia.
Toni le decían, eso había logrado escuchar, no sabía más de él; y de qué manera moldeaba sus días.
Si no le veía su ánimo se iba a la mierda, aunque lo esperara el muy indolente no aparecía.
Celos absurdos lo consumían, el deseo de encararlo, de ver como se fracturaba una pierna, con el hueso emergiendo de su suave y tersa piel. Pedir las explicaciones del caso... ¡Pero cómo! ¿Quién era él para reclamar nada?
A veces fantasmas colosales lo acosaban, e impulsado por su consciencia escapaba a toda velocidad hacia la soledad anónima del mall.
Imaginaba que en cualquier momento lo descubrirían y se ganaría una paliza. Un tablazo de Skate en su espalda, aplastando su cráneo "por enfermo", pervertidor de menores y maricón. Lo cual cierto, casi cierto y muy cierto.
A decir verdad nadie se preocupaba de él. Le pasaban por alto creyéndolo un fanático de las tablas. Sus modales refinados, su buen gusto en decoración, y la vestimenta escogida, incluso su anatomía flacucha pasaba inadvertida.
Una vez por semana lo acosaba la pesadilla recurrente: Los tipos indiferentes un buen día lo interceptaban, y sin escapatoria como en un ritual pagano, los homofóbicos se harían cargo de él, faenándolo para sacrificio.
Con un pepino atravesado en la boca, atado de pies y manos era abusado con su consentimiento. Hacían de él un acopio inagotable de simiente chorreante y él tragaba como si fuese la esponja con vinagre entregada al cristo, la mezcla seminal.
Pero más allá de su somnolencia tenía claro que si la agarraban con él, no sería con sus abundantes y gustosos penes, sino con palos, camotes y skates.
Se creía solo en su juego de reglas claras y legítimas. Pero como todo conocimiento quedó obsoleto con el tiempo.
Fue un día miércoles en la noche, salía del parque echando humos, caminando al paradero.
La familiar sensación de ser perseguido le asaltó con mayor intensidad de lo habitual. Volteó. Nada, se sintió a salvo.
Solo a lo lejos, un joven de gafas e impecable montgomery, quizá estudiante de leyes, posiblemente castrado a diario por la madre. Ninguna amenaza.
Lo vio un centenar de veces, tal vez, pero no lo recordaba, tanto como él era un maestro del espionaje y el sigilo. Un mirón profesional.
Pero la sensación no lo abandonaba, apuró el paso. pegó los ojos a su espalda. El joven se acercaba.
Cuatro cuadras más abajo aun detrás suyo... "debe ser casualidad, seguramente no tiene importancia". Cinco más y aun detrás suyo.
Tomó un absurdo desvío que prolongo su camino, y efectivamente allí estaba siguiéndole el paso.
Rodrigo vio como pasaba su micro. "Quisiera escapar / como un venado herido / hasta Arkansas"
Y jadeante, con las piernas agarrotadas no la alcanzó.
Entonces se sentó a esperar temeroso.
Creyó haberle burlado, hasta que giró la vista y como un mal chiste tenía clavado en el asiento contiguo, hombro con hombro a su persecutor.
Unos cuantos goterones salados discurrieron desde la punta de su nariz.
El muchacho le tendió un kleenex y se presentó.
-Raúl. Un gusto.
-en qué... puedo ayudarte Raúl.
-la ayuda te la di yo. Miróncito...
-¿Disculpa?
-ya lo oíste. Sabes perfectamente que estabas haciendo...
¿podré saber tu nombre al menos?
-me confundes con alguien más. Y no me interesa formar parte tu acusación enfermiza...
-ojo de loca no se equivoca jaja, además yo si he patinado, y se nota a la legua que no vienes por el skate.
Se paró comprobando si venía alguien y subió el tono de la conversación.
-¿Qué te habrás imaginado hueón? Yo soy bien hombrecito con mis cosas.
-Porfavor no me faltes el respeto. Yo no lo hice. No soy ningún hipócrita y no necesitas fingir nada conmigo. Dime si no te parece irresistible como se balancea y comprime un oblicuo en una tabla.
-¿Cuál es tu problema? yo no he hecho nada, estoy siempre lejos. Invisible.
-por ahora. ¿Y luego qué? ¿No te gustaría concretar tus deseos obsesivos?
¿Cuántos años tienes?
-treinta y uno
-yo los suficientes, veinticinco
-me llamo Rodrigo. Trabajo en el Parque Arauco hace años, me fumo un par de puchos mirando como los cabros hacen deporte. ¿Tiene algo de malo?
-con ellos puedes mirar cuanto quieras, pero no tocar -dijo Raúl guiñando un ojo, él no manejaba los códigos no verbales, esa jerga de la seducción
-viene mi micro. ¿Subes?
-puta... no. Pero dame tu número. Mejor yo te doy el mío. Y se lo apuntó en la palma junto con una sonrisa :)
Ah, se llama Félix Chattrit y es argentino. Estudia en el British College. Si no está acá puede que haya ido al Bustamante.
Adiós.
Salió caminando en dirección al parque.
Perplejo en el bus anaranjado del recorrido "barrio alto", molesto por toda la información sonsacada se sentó. Intentó retener todo lo que oyó. Todo lo relativo a Felipe. Tanta información que nunca tuvo. Repetía en murmullos como el niño que es enviado a comprar sin una lista escrita y llega sin los huevos. Repitió instintivamente ese nuevo nombre: Raúl.
Hiló mas fino. Si no hubiese abandonado Maurice de Forster a medio camino, habría comprendido.
<<No se dijo más en aquella ocasión, pero él se sentía libre en otro campo, y en un campo, además que nunca había mencionado a persona alguna. No se había dado cuenta de que podía mencionarse y cuando Durham lo hizo en medio del patio, a plena luz del día, sintió que un soplo de libertad le acariciaba>>
Comprendió mi secreto... estoy acabado. Si el se dio cuenta, entonces, mi familia, mis colegas, todos deben saberlo a mis espaldas. Estoy condenado por los siglos de los siglos -amén-. La felicidad es para la gente buena, no para los huecos mal de la cabeza como... yo.
-Felipe, argentino, chet..chat...como sea, Bustamante, English College... Raúl. +56977832457. No era para nada poco atractivo...¡Cállate marica repugnante!
¡Como si ese pendejo se fuera a fijar en mi!
No le quitó la vista a su mano, allí estaba la clave para poder acceder al apuesto y misterioso veinteañero. Llegada la noche sintió el irrefrenable impulso de llamarlo, su deseo subía como un bollo en el horno. Se dio una ducha fría pero no se le pasaba. El rostro le pululaba en la mente.
Quizá fuera un número falso, sí, eso era lo más seguro. Entonces ¿Qué perdía al llamarlo?
A los diez segundos contestó un Raúl emocionado.
-Veo que te decidiste al fin
-quiero verte. Ven a mi departamento.
-no sabes nada de mí.
-tu tampoco
-bien, averigüémoslo entonces.
-te envío la dirección. No me falles.
Al cortar su corazón latía histérico, sentía que lo expulsaría en cualquier momento por la boca. La espera fue eterna, pero en media hora golpearon su puerta.
Llegó muy buen vestido y perfumado. Por fin le veía directamente a los ojos. !Y cuánto lo clamaban!
Se dieron un cálido apretón de manos, arrojó el abrigo en el sofá. Se sentaron juntos. Bebieron vino. Comieron y rieron con una intimidad envidiable.
Toda su fe estaba depositada esa noche en el Cabernet Sauvignon, como si el tinto fuera el elixir sacramental que le quitaría la timidez y le haría más atractivo frente al invitado de honor.
Libró el magnetismo etílico con el sacacorchos. Siguieron por el mismo carril sin chocar. Sin estrellarse en la caverna mineral.
Raúl no paraba de reír con el efecto que las copas tenían sobre el dueño de casa. De su pelo corto y formal escapan sendas trenzas que llegaban hasta la alfombra, y todo por culpa de la forma en que así y fumaba el cigarrillo.
Captó una fotografía mental del sublime momento, ese cuando un alma se libera de todo tapujo y cartuchismo expresándose con honestidad y despreocupación. Una salida momentánea del vasto armario. ¡Cuán bienvenida!
Los mirones del sector oriente de la capital brindan con champaña barata, puchos y música.
"love life", "Lullaby", "Alma Matters" y "Catch" gatillando los efectos del deseo.
-"I used to sometimes try to catch her(him), but never even caught her(his) name".
-La vista es una hueá muy mágica, te pueden sacar todo el rollo interno, saber si estás mintiendo, tus deseos más profundos.
-y por eso es que te reconocí Rorrito.
-hay que brindar...
-brindemos por el Adonis que nos unió esta noche.
-Por lo inalcanzable que es jajaja
-¡Por él!
-¡Por ti!
-¡Por nosotros!
-mira, yo sé que no nos conocemos mucho, pero cuando te sentaste al lado, algo me causaste.
Como un combo en la boca del estómago y quiero saber cómo se supera esto.
-déjame darte un beso. Esa es la única cura.
-pero ¿Y si me arde más de lo que ya me está irritando? ¿Y si me haces daño?
-al menos tienes que intentarlo.
-hazlo.
El resto es imaginable. Resumiendo, se besaron, saborearon y sorbieron los labios. Se tocaron, relamieron y abrazaron. Así enroscados, fundidos en uno desde el torso, las piernas y los pies.
Quedaron abrazados, hechos brasa. Y les gustó la sensación. A Rodrigo le fascino lo que Raúl hacía, donde antes solo dedos habían explorado.
Y continuaron o al menos lo están intentando.
Ya Rorro no teme caminar de la mano con Raúl.
Quién sabe, quizás algún día se atreva a besarlo en la calle con luz de día.
Rodrigo no resultó tener el culo velludo más redondo y parado del mundo. Raúl no tenía un pene colosal, más bien normalito. Rorro tenía la mitad de las muelas cariadas y aliento a tabaco. Raúl un colmillo de más. Rorro era un enclenque. Raúl las carnes bastante sueltas. Rorro nunca leyó gay en una novela o película de culto sin sentirse temeroso. Raúl no era el prototipo ideado de su compañero, y éste, nunca tendría ni la mitad del dinero que ganaría el abogado al titularse. No vivían cerca, no se dedicaban a labores similares. Rorro era algo amanerado. Raúl era desaliñado.
Y el vino esa noche bebido, nunca fue pagado.
Pero digamos que hicieron un pacto de tolerancia y se descubrieron tal cual eran en la cama, las citas y el desayuno. En la convivencia se gustaron, se apreciaron y encariñaron. En el camino de la facultad a la casa, de la pega a la casa -sin pasar más por el parque- telefoneándose, hablando por Whatsapp, cambiando el ánimo, floreciendo entre la resequedad de una urbe colérica. Sonriendo entre la abulia y la desesperanza.
Anularon las miradas severas e indignadas, de aquellos que no tienen siquiera mente para comprender lo que no es preciso ni decir.
No importaba realmente si fracasaban en su intento de amar. Era irrelevante si llegaban a los seis meses, al aniversario, a los tres, quince o a una vida juntos. había un triunfo cotidiano. Una victoria sobre la vida previa, un nuevo comenzar, o una nueva cosmovisión. Más dichosa, más plena.
Había asesinado finalmente al padre, madre, niñez, cultura, certezas, armario y caretas.
Era al fin quien siempre debió haber sido, para hallar esa esquiva felicidad, o al menos la calma, sin reprimenda alguna.
Era un marica más, un hombre más.
Una persona como usted y como yo que tomó decisiones, falló y en este caso, acertó de manera innegable.
<<Era todo tan simple ahora. Había mentido. Lo formuló en una frase. "Se había alimentado de mentiras" Pero las mentiras son el alimento natural de la niñez y las había devorado con avidez>>
-Forster E.M. Maurice. pág.58. Inglaterra. 1971-