Auge
y caída de una frívola Ignacio Bravo P.
<<Nos odian porque nos temen, y nos temen porque
nos saben irreductibles>>
Cuán
difícil es establecer diferencias relevantes entre individuos de una misma
casta.
“Los Bravo” son borrachos,
“los Pinto” son marxistas y “los Guzmán Errazuriz” irremediablemente
cristianos.
Mas cuando sitúa la vida en
sus azares un Guzmán junto a un Pinto y un Bravo, las diferencias –mundos
enteros- salen a flote, brotando como bacterias invasoras; y la sociedad
pareciera ser el huésped que enferma.
Don J.G.E.
nació con más cerebro que corazón, virtud-defecto que su madre supo aprovechar
al máximo. Es que una separada madre “soltera” era ya suficiente deshonra a la
estirpe.
De padre futbolista y ausente,
creció pues el niño prodigio rodeado de mujeres y las carencias clásicas de
quien se entrega en total –acto Edípico y suicida- a la madre y luego a
cualquier imagen varonil retratable como paterna.
Ingresó a los Sagrados
Corazones recibiendo su primer gran adoctrinamiento. ¡Un fanático religioso ha
nacido! y la madre patria, hispana, fascista y anquilosada le ha hecho
descubrir una inspiración: el general Franco ¡Viva la España! ¡Viva la patria
aristócrata!
-muerte al marxismo
leninista-.
Jaime
siguió su impecable desarrollo torcido. Desayunando croissant en salsa
anti-comunista, con una infusión de té británico-de-la-homofobia en la amplia mesa rectangular de cabecera sin
trono, bajo el dogma Católico.
En sagrados
corazones no solo cultivó las ciencias, aprendió también la palabra sodomita y
el espanto que era pronunciarla. Y aprendió a practicarla, por lo general en su
mente fingiendo lecturas.
¡Qué brillante! ¡Qué
solitario!
Jaime un niño altamente
dotado, eso era evidente y estaba siempre nariz clavada en algún libro, perdiendo
cabellos en el infatigable estudio de las letras.

La devoción
sacramental que sintió desde infante por los uniformes solo él la conocía (sin
comprender). Y es que en la mente de un niño de cuatro años no cabe decir “los
futbolistas usan uniforme, como mi papá ausente”. No cabe racionalizar a los
diez, las pasiones que el hábito religioso le infundían, y ya a los trece le
calentaba el uniforme de sus compañeros de aula provocándole intensas
erecciones en medio de álgebra, cuando pasaban al pizarrón y en el estirarse
tiza en mano, se marcaban los generosos músculos de la espalda y al garabatear,
esos trastes y miembros tan resaltados por la costumbre de la camisa dentro del
pantalón. ¡Bendito protocolo!
¡Oh señora si usted supiera!
Maestros,
monaguillos, cristo ensangrentado-pecho marmoleo, carabineros y militares
objeto de su más hondo deseo y las continuas masturbaciones.
¡Oh el placer de la sangre y
la penetración!
Sentíase enfermo hasta leer
Mishima. Luego sintiose bestia.
Pero no le importaba tanto el
origen de sus deseos, ya que mami no sospechaba y aun así lo hiciera tras sus
labios jamás saldría la palabra invertida.
Acuerdo tácito. La suma de los
miedos.
Y las dudas
se hicieron carne y hueso, el dolor se materializó y trocó en odio y resentimiento,
una clase de desprecio letal que hacíale desear sangre y odiar la libertad.
Esa paleolítica libertad que
su casta jamás le permitiera ostentar.
“Pues si yo no soy libre nadie
lo será en este país tercermundista”
Y su mente crecía y crecía (cada
vez quedaban menos cabellos) y entonces
clavó la cerca límite de la permisión en el sendero de su consciencia. La fe,
la disciplina, la obediencia, el dogma, la propiedad privada y otras vainas.
Jaime ya
era un abogado de la universidad pontificia, y abrazó el sueño cumplido del
departamento de soltero.
Los maricas
entran y salen (como en día del orgullo) y aunque los tiempos no lo permitían,
pudo contemplar -a lo lejos siempre- enroscados en orgiásticos viernes, las
bacanales de hombres del Santiago acomodado, asistiendo a ver las versiones
múltiples del festival de viña que tanto disfrutaba.
En ese tiempo
conoció Guzmán en la fiesta de disfraces en casa de… (Quién sabe a estas
alturas) a un hermoso muchacho de barrio bajo. En la danza de máscaras postergadas,
le besó con torpeza entre el vendaje de momia. Era un salvaje y así besaba,
erigiendo la lengua entre sus dientes, mordía y tocaba como tal.
Y luego se fueron al cuarto oscuro y solitario y con sus ansias Guzmán
extrajo las vendas una por una de la falsedad. Allí estaba el hombre
desnudo, suplicio y ambrosía; ese mismo que luego supuso muerto y no hizo nada.
Tampoco en ese cuarto porque cuando se disponía a pagarle un servicio, apareció
en la billetera el retrato de su sacrosanta madre –más torturadora que la DINA
y la CNI juntas- y solo se acuclilló conteniendo a duras penas el llanto.
¡Oh, si tan
solo no sintiera el deber del celibato!
Tanta
represión acentuó la vileza. El deseo vengativo y la sed de sangre. Los
sediciosos debían pagar y así comenzó la caza de brujas, ¡comunistas cerdos!
Maricas cerdos. ¡Oh pobres gentes enfermas!
Entonces
cual efebo ansioso de la carencia, se enamoró perdidamente de “la señora” (Jorge
Alessandri Rodríguez). Y le robó al tiempo los días de la dicha, las caricias y
el amor ¡cosa tan compleja! ¡Tan similares! ¡Tan toscamente carnales! ¡Tanto y
tanto se besaron!
Amor a velocidad crucero,
ansias vehementes. Culpas como colosos ante los celos maternos, ante un mundo
caótico absorto en el imperio de la moral.
Y entonces
bastante cercanos, así cogidos de las manos, Alessandri y Guzmán, se acercaron
a la bestia generalísima: Augusto Pinochet (su excelencia le llamaron) y
rindieron tributos.
¡Oh ave Cesar! ¡Libertador de
Chile! Cuente con nosotros para lo que precise, úsenos en su gran plan.
Alessandri presidiendo el Consejo de Estado. Guzmán en la comisión Ortúzar,
amasando la Carta fundamental ochentera.
Pasan los años, mucha agua
bajo el puente y cuerpos varios por el Mapocho, Pisagua, el mar y el desierto
atacameño.

—Espere
papi. — ¡En la calle no Jaimito!
— ¿Qué quiere Jorge, quiere
que lo bese? Usted sabe que bien lo haría de no ser por tanto testigo… y no
podemos hacer desaparecer gente así como así.
(Ambos ríen a carcajadas
mientras se despiden de su viejo amor)
—Me queda poco tiempo Jaimito.
¡Aprendimos tanto! ¡Te amé tanto!
Quedaron
distanciados, el amor colgado como cartel en blanco y negro, esos que cargan
los familiares de los que ya no aparecieron nunca más.
El duelo desatado.
FIN DE LOS DÍAS LUMINOSOS – ÉPOCA
OSCURANTISTA.
En ese
período turbulento tuvo junto a él por primera vez un fusil y una metralla,
quiso coger las armas y así lo hizo, sus enclenques brazos apenas la sostenían
y sintió su ira metálica, asesina, su poder dominante y sometedor.
Sintió como sus paredes
rectales se humedecían y el marrueco quedaba en evidencia en una forma
diagonal.
¡Oh, los armamentos! Las balas
aerodinámicas. El falo aerodinámico esculpido por Dios.
El “vicio”, “su enfermedad” y
las veces que lamía en confidencia de su departamento el sable que un militar
en retiro le había regalado…
Tragaba el sable con deleite
fresco mientras sus curiosos y desinhibidos dedos escarbaban y entraban
repetidamente en su ano.
¡Oh las botas y medallas!
¡Condecoraciones, sangre y batallas! Cuánto provocaban, cuan alto la lívido
entre 1973 y 1984.
¡Oh cuerpo cárcel del alma,
¿Cuándo me irás a liberar?! (…)
Jaime vivía al fin su ansiada vida intelectual derechista. Se codeaba
de lunes a lunes con la élite. Tenía tras suyo una madre de pecho henchido con
los innumerables logros del hijo prodigio de la dictadura. Codeábase hora tras
hora con la amargura más honda. Reprimíase,
rodeándose de los más dulces y ardientes efebos para adoctrinarlos allí en su
habitáculo, allí en la universidad y en el naciente partido político,
encarnación gremialista. La jornada coronaba
asistiendo diariamente, devoto a la eucaristía, a ver si el sacramento y la comunión efectivamente limpiarían su alma
y su consciencia, pero nunca ocurría. Sentía bajar la ostia estigma, cerraba a
fuerza de garrote los párpados para no ver en el acto oral la penetración del
“erguido metal de la raza”. Las sansebastinas visiones nunca le abandonaban;
¡Oh el cristo embalsamado en sangre y sudor! ¡Qué suplicante placer el del
hombre perpetuado por el hombre!
“Proust, Guide, Whitman, Wilde,
Forster, Lorca, Alone, Mistral, Donoso:
¿Por qué me
atormentan con la sacra literatura?
Sodoma y Gomorra mi pecho de hielo, el señor dará un soplido y lo
derretirá arrojándome a las penas eternas del purgatorio. Pero señor, no te
deshonraré; enfermo estoy, lo sabes bien, mas no tomaré las dulces píldoras de
la carnalidad pecaminosa.

El gran ideólogo del agrio régimen, casto a sus cuarenta años,
desdichado e infeliz para el resto de su andrógina vida. Convertido en una
efigie ambulante, blanco seguro de la certera revancha, llegó el abogado a los
albores de la transición a la democracia.
Tantos
invertidos golpeados por el régimen. ¿Dónde, en qué vastos armarios anduvo
oculto –cabeza entre las piernas- senador Guzmán? Mientras a hurtadillas leía
con las mejillas coloradas las “Confesiones de una Máscara”. ¿Dónde el juicio
híper-intelectualizado mientras la fuerza militar acribillaba anónimos maricas algún
día vislumbrado? Esas colisas pobres –que tanto deseo le provocaban.
¡Oh Jaime, los
vastos armarios! ¡Hasta dónde te llevó tu ambición de poder, de ser la élite! Habrá
pues que culpar al destino o a la carencia de acciones honestas.
O tal vez todo
fue sólo un cúmulo de prejuicios y resentimiento. Una persecución, una huida y
la fuga interruptus.
<<Como
va a tener el mismo valor el sufragio de un ignorante que el de un sabio>>
Guzmán nunca creyó que los bajos seres pudieran
escoger su camino. Para eso estaba Dios, para disponer. Y así le ocurrió a él,
un día primero del mes cuarto en el primer año de la transición fue que el
todopoderoso tomó su decisión.
Guzmán salía
de su cátedra en la PUC y vislumbró gente extraña en los corredores,
inmediatamente lo comprendió: Los ángeles del Señor, claro. Habló
con la secretaria. Solicitado el chofer se dirigió a la calle, subió al
móvil que le conduciría a la muerte.
“Luchito
gracias por venir, pero no intervengas y llévame hasta la sede de la UDI”.
Lugar al
que nunca supo, hubo llegado.
Porque en la
primera esquina a las afueras del campus Oriente, al fin fue penetrado, por
primera vez a sus cuarenta y cuatro años, por dos balas en el torso. El
interior se derrumbaba, la sangre fluía con tanta calma como agua bendita en
una gruta. Era el fin.
Desde el hospital militar el senador fue llorado y despachado
directamente al memorial, ¡Viva el honorable senador Guzmán, ejemplo de
incuestionable moral!
¡Pero ay, si
supieran la travesura final!
Si tan solo
vislumbraran el fulgor de la mirada de frente a los verdugos, su excitado
palpitar, su sonrisa socarrona. Barbones y obreros. Marxistas cancerosos. ¡Qué
hombres más deliciosos! Y luego nada importaba con las cuentas entre los dedos
feligreses.
Novoa al pie
del enjuiciamiento por fraude al fisco, por boletas ideológicamente falsas y
evasión tributaria, añora los tiempos del antiguo potentado militar en su arresto
domiciliario. Llorando
cita:
<<Nos
odian porque nos tienen miedo y nos temen porque nos saben
irreductibles>>
Ave Caesar Morituri Te Salutant