sábado, 17 de octubre de 2015

En consecuencia

Para I. J. A. a quien escribí el boceto.

En consecuencia...

Me (Te - Nos - Les) siguen llevando al patíbulo,
cuando por ventura nos tomamos de la mano
o rozamos las vellosidades.

Te (Me - Nos - Les) siguen injuriando en el foro,
Cada vez que nos susurramos al oído
Y te muerdes el labio y yo los humecto
–ya resecos- con la punta de la lengua.

Nos (Me - Te - Les) siguen condenando al ostracismo
De los cuartos con cerrojos,
Cuando todo lo que anhelamos
Es la turbia atmósfera
De los exteriores capitalinos.

Les (Me- Te - Nos) siguen embaucando en sus instituciones,
Haciéndoles venerar una nacionalidad
Cuando todo lo que anhelan (nosotros también)
es vivenciarse completos
Bajo el fiel cobijo del sol (delator)
Y la piel estremecida al pasto y al viento.

Me (Te - Les - Nos) siguen censurando en sus mentes ilusas,
Cuando busco tus brazos para mecer la tarde
aferrado a tu torso
Masculino-femenino al que tanto pertenezco.
Toda residencia tuya
Radica en lo hondo de mi pecho
Vecinos somos al recostarnos o al estrecharnos,
Pues mi patria está dentro tuyo.


Te (Me - Nos - Les) siguen azotando en el pilar
cada vez que nuestros ojos relumbran
inyectados/ lubricados en algún gemido doliente.

Nos ( Te - Me - Les ) siguen torturando en los jardines del pudor,
Como infante con lupa
A los pequeños insectos en que hemos transmutado
–de la noche a la mañana- bajo un juicio arbitrario y ajeno.

Les (Me - Te -Nos) siguen ignorando en las cenas,
Cuando hay que brindar por el nuevo logro obtenido
Y de pronto se toman las manos
Y de pronto todos se escandalizan...
Se (Me - Te- Nos - Les) siguen indignando a diario, 
Porque en todo lo que pretendieron
- y esbozaron-
Nunca fue importante lo que sintiésemos.

Nos siguen admirando por ser como somos,
Almas quemándose en la brasa amatoria.
Te sigo contemplando
Nos hemos conquistado en el más bélico sentido.

Me sigo enrejando/ te sigues enjaulando...
ya no en armarios apolillados
 sino enclaustrado por el deseo desatado.

Me – Te –Nos –Les siguen envidiando.

No los culpo.


Ave Caesar Morituri Te Salutant

Auge y caída de la frívola (J.G.E.)

Auge y caída de una frívola Ignacio Bravo P.

<<Nos odian porque nos temen, y nos temen porque nos saben irreductibles>>

Cuán difícil es establecer diferencias relevantes entre individuos de una misma casta.
“Los Bravo” son borrachos, “los Pinto” son marxistas y “los Guzmán Errazuriz” irremediablemente cristianos.
Mas cuando sitúa la vida en sus azares un Guzmán junto a un Pinto y un Bravo, las diferencias –mundos enteros- salen a flote, brotando como bacterias invasoras; y la sociedad pareciera ser el huésped que enferma.

Don J.G.E. nació con más cerebro que corazón, virtud-defecto que su madre supo aprovechar al máximo. Es que una separada madre “soltera” era ya suficiente deshonra a la estirpe.
De padre futbolista y ausente, creció pues el niño prodigio rodeado de mujeres y las carencias clásicas de quien se entrega en total –acto Edípico y suicida- a la madre y luego a cualquier imagen varonil retratable como paterna.
Ingresó a los Sagrados Corazones recibiendo su primer gran adoctrinamiento. ¡Un fanático religioso ha nacido! y la madre patria, hispana, fascista y anquilosada le ha hecho descubrir una inspiración: el general Franco ¡Viva la España! ¡Viva la patria aristócrata!
-muerte al marxismo leninista-.

Jaime siguió su impecable desarrollo torcido. Desayunando croissant en salsa anti-comunista, con una infusión de té británico-de-la-homofobia  en la amplia mesa rectangular de cabecera sin trono, bajo el dogma Católico.

En sagrados corazones no solo cultivó las ciencias, aprendió también la palabra sodomita y el espanto que era pronunciarla. Y aprendió a practicarla, por lo general en su mente fingiendo lecturas.
¡Qué brillante! ¡Qué solitario!
Jaime un niño altamente dotado, eso era evidente y estaba siempre nariz clavada en algún libro, perdiendo cabellos en el infatigable estudio de las letras.

La devoción sacramental que sintió desde infante por los uniformes solo él la conocía (sin comprender). Y es que en la mente de un niño de cuatro años no cabe decir “los futbolistas usan uniforme, como mi papá ausente”. No cabe racionalizar a los diez, las pasiones que el hábito religioso le infundían, y ya a los trece le calentaba el uniforme de sus compañeros de aula provocándole intensas erecciones en medio de álgebra, cuando pasaban al pizarrón y en el estirarse tiza en mano, se marcaban los generosos músculos de la espalda y al garabatear, esos trastes y miembros tan resaltados por la costumbre de la camisa dentro del pantalón. ¡Bendito protocolo!
¡Oh señora si usted supiera!

Maestros, monaguillos, cristo ensangrentado-pecho marmoleo, carabineros y militares objeto de su más hondo deseo y las continuas masturbaciones.
¡Oh el placer de la sangre y la penetración!
Sentíase enfermo hasta leer Mishima. Luego sintiose bestia.
Pero no le importaba tanto el origen de sus deseos, ya que mami no sospechaba y aun así lo hiciera tras sus labios jamás saldría la palabra invertida.
Acuerdo tácito. La suma de los miedos.

Y las dudas se hicieron carne y hueso, el dolor se materializó y trocó en odio y resentimiento, una clase de desprecio letal que hacíale desear sangre y odiar la libertad.
Esa paleolítica libertad que su casta jamás le permitiera ostentar.
“Pues si yo no soy libre nadie lo será en este país tercermundista”
Y su mente crecía y crecía (cada vez quedaban menos cabellos)  y entonces clavó la cerca límite de la permisión en el sendero de su consciencia. La fe, la disciplina, la obediencia, el dogma, la propiedad privada y otras vainas.

Jaime ya era un abogado de la universidad pontificia, y abrazó el sueño cumplido del departamento de soltero.
Los maricas entran y salen (como en día del orgullo) y aunque los tiempos no lo permitían, pudo contemplar -a lo lejos siempre- enroscados en orgiásticos viernes, las bacanales de hombres del Santiago acomodado, asistiendo a ver las versiones múltiples del festival de viña que tanto disfrutaba.                                                                                                                                    
        En ese tiempo conoció Guzmán en la fiesta de disfraces en casa de… (Quién sabe a estas alturas) a un hermoso muchacho de barrio bajo. En la danza de máscaras postergadas, le besó con torpeza entre el vendaje de momia. Era un salvaje y así besaba, erigiendo la lengua entre sus dientes, mordía y tocaba como tal.                                            
Y luego se fueron al cuarto oscuro y solitario y con sus ansias Guzmán extrajo las vendas una por una de la falsedad. Allí estaba el hombre desnudo, suplicio y ambrosía; ese mismo que luego supuso muerto y no hizo nada. Tampoco en ese cuarto porque cuando se disponía a pagarle un servicio, apareció en la billetera el retrato de su sacrosanta madre –más torturadora que la DINA y la CNI juntas- y solo se acuclilló conteniendo a duras penas el llanto.
¡Oh, si tan solo no sintiera el deber del celibato!                                                    
Tanta represión acentuó la vileza. El deseo vengativo y la sed de sangre. Los sediciosos debían pagar y así comenzó la caza de brujas, ¡comunistas cerdos! Maricas cerdos. ¡Oh pobres gentes enfermas!

Entonces cual efebo ansioso de la carencia, se enamoró perdidamente de “la señora” (Jorge Alessandri Rodríguez). Y le robó al tiempo los días de la dicha, las caricias y el amor ¡cosa tan compleja! ¡Tan similares! ¡Tan toscamente carnales! ¡Tanto y tanto se besaron!
Amor a velocidad crucero, ansias vehementes. Culpas como colosos ante los celos maternos, ante un mundo caótico absorto en el imperio de la moral.

Y entonces bastante cercanos, así cogidos de las manos, Alessandri y Guzmán, se acercaron a la bestia generalísima: Augusto Pinochet (su excelencia le llamaron) y rindieron tributos.
¡Oh ave Cesar! ¡Libertador de Chile! Cuente con nosotros para lo que precise, úsenos en su gran plan. Alessandri presidiendo el Consejo de Estado. Guzmán en la comisión Ortúzar, amasando la Carta fundamental ochentera.                                                                                                                
Pasan los años, mucha agua bajo el puente y cuerpos varios por el Mapocho, Pisagua, el mar y el desierto atacameño.

—Espere papi. — ¡En la calle no Jaimito!
— ¿Qué quiere Jorge, quiere que lo bese? Usted sabe que bien lo haría de no ser por tanto testigo… y no podemos hacer desaparecer gente así como así.
(Ambos ríen a carcajadas mientras se despiden de su viejo amor)
—Me queda poco tiempo Jaimito. ¡Aprendimos tanto! ¡Te amé tanto!


Quedaron distanciados, el amor colgado como cartel en blanco y negro, esos que cargan los familiares de los que ya no aparecieron nunca más. 
El duelo desatado.

FIN DE LOS DÍAS LUMINOSOS – ÉPOCA OSCURANTISTA.

En ese período turbulento tuvo junto a él por primera vez un fusil y una metralla, quiso coger las armas y así lo hizo, sus enclenques brazos apenas la sostenían y sintió su ira metálica, asesina, su poder dominante y sometedor.
Sintió como sus paredes rectales se humedecían y el marrueco quedaba en evidencia en una forma diagonal.
¡Oh, los armamentos! Las balas aerodinámicas. El falo aerodinámico esculpido por Dios.
El “vicio”, “su enfermedad” y las veces que lamía en confidencia de su departamento el sable que un militar en retiro le había regalado…
Tragaba el sable con deleite fresco mientras sus curiosos y desinhibidos dedos escarbaban y entraban repetidamente en su ano.
¡Oh las botas y medallas! ¡Condecoraciones, sangre y batallas! Cuánto provocaban, cuan alto la lívido entre 1973 y 1984.
¡Oh cuerpo cárcel del alma, ¿Cuándo me irás a liberar?! (…)


Jaime vivía al fin su ansiada vida intelectual derechista. Se codeaba de lunes a lunes con la élite. Tenía tras suyo una madre de pecho henchido con los innumerables logros del hijo prodigio de la dictadura. Codeábase hora tras hora con la amargura más honda.                                                                             Reprimíase, rodeándose de los más dulces y ardientes efebos para adoctrinarlos allí en su habitáculo, allí en la universidad y en el naciente partido político, encarnación gremialista.                   La jornada coronaba asistiendo diariamente, devoto a la eucaristía, a ver si el sacramento y  la comunión efectivamente limpiarían su alma y su consciencia, pero nunca ocurría. Sentía bajar la ostia estigma, cerraba a fuerza de garrote los párpados para no ver en el acto oral la penetración del “erguido metal de la raza”. Las sansebastinas visiones nunca le abandonaban; ¡Oh el cristo embalsamado en sangre y sudor! ¡Qué suplicante placer el del hombre perpetuado por el hombre!

“Proust, Guide, Whitman, Wilde, Forster, Lorca, Alone, Mistral, Donoso:
¿Por qué me atormentan con la sacra literatura?
Sodoma y Gomorra mi pecho de hielo, el señor dará un soplido y lo derretirá arrojándome a las penas eternas del purgatorio. Pero señor, no te deshonraré; enfermo estoy, lo sabes bien, mas no tomaré las dulces píldoras de la carnalidad pecaminosa.

El gran ideólogo del agrio régimen, casto a sus cuarenta años, desdichado e infeliz para el resto de su andrógina vida. Convertido en una efigie ambulante, blanco seguro de la certera revancha, llegó el abogado a los albores de la transición a la democracia.
Tantos invertidos golpeados por el régimen. ¿Dónde, en qué vastos armarios anduvo oculto –cabeza entre las piernas- senador Guzmán? Mientras a hurtadillas leía con las mejillas coloradas las “Confesiones de una Máscara”. ¿Dónde el juicio híper-intelectualizado mientras la fuerza militar acribillaba anónimos maricas algún día vislumbrado? Esas colisas pobres –que tanto deseo le provocaban.                                                   
¡Oh Jaime, los vastos armarios! ¡Hasta dónde te llevó tu ambición de poder, de ser la élite! Habrá pues que culpar al destino o a la carencia de acciones honestas.
O tal vez todo fue sólo un cúmulo de prejuicios y resentimiento. Una persecución, una huida y la fuga interruptus.

<<Como va a tener el mismo valor el sufragio de un ignorante que el de un sabio>>

Guzmán nunca creyó que los bajos seres pudieran escoger su camino. Para eso estaba Dios, para disponer. Y así le ocurrió a él, un día primero del mes cuarto en el primer año de la transición fue que el todopoderoso tomó su decisión.
Guzmán salía de su cátedra en la PUC y vislumbró gente extraña en los corredores, inmediatamente lo comprendió: Los ángeles del Señor, claro.                                                           Habló con la secretaria. Solicitado el chofer se dirigió a la calle, subió al móvil  que le conduciría a la muerte.
“Luchito gracias por venir, pero no intervengas y llévame hasta la sede de la UDI”. 
Lugar al que nunca supo, hubo llegado.
Porque en la primera esquina a las afueras del campus Oriente, al fin fue penetrado, por primera vez a sus cuarenta y cuatro años, por dos balas en el torso. El interior se derrumbaba, la sangre fluía con tanta calma como agua bendita en una gruta. Era el fin.
 Desde el hospital militar  el senador fue llorado y despachado directamente al memorial, ¡Viva el honorable senador Guzmán, ejemplo de incuestionable moral!
¡Pero ay, si supieran la travesura final!
Si tan solo vislumbraran el fulgor de la mirada de frente a los verdugos, su excitado palpitar, su sonrisa socarrona. Barbones y obreros. Marxistas cancerosos. ¡Qué hombres más deliciosos! Y luego nada importaba con las cuentas entre los dedos feligreses.
Novoa al pie del enjuiciamiento por fraude al fisco, por boletas ideológicamente falsas y evasión tributaria, añora los tiempos del antiguo potentado militar en su arresto domiciliario.                      Llorando cita:


<<Nos odian porque nos tienen miedo y nos temen porque nos saben irreductibles>>

                                                

Ave Caesar Morituri Te Salutant