Epílogo:
nombre masculino
1. Parte final de un discurso o de una obra literaria en la que se ofrece un resumen general de su contenido.
2. Parte final de ciertas obras literarias o dramáticas en la que se da el desenlace de alguna acción no concluida o se refiere un suceso que guarda relación con la acción principal o es consecuencia de ella.
Dedicado con un amor sincero e incondicional.
Sin ti, nada se habría iluminado con tal resplandor.
Epílogo.
Una suma inquietante de soldados cayó en 400 noches y más
¿Es noticia?
Tan solo bajas.
Mirados desde el centro de mando, con el cetro (la pluma o el joystick) en la mano, son cifras.
Nuestro totalitarismo lo causó. Nuestro amor en estado de excepción, en estado de sitio sembró el caos.
La diarquía falló, nos disputamos el control de todo, el control de nada. ¿Por el bien de quién?
Nadie se salvó.
La crueldad de dos tiranos se titula nuestra obra
El primero de una astucia álgida y psicológica
El segundo de un corrosivo ardor físico
¿Crees que se anularon o potenciaron?
Sacaron chispas de cada músculo.
Estalló la guerra civil, a veces triunfaba un bando y cuando estaba a punto de consolidar las sangrientas victorias, como un eco lejano resonaba la ternura o el perdón.
Luego el pacto, los compromisos de no agresión y posteriores ocupaciones.
Nunca triunfó la paz y la tregua era tan breve como un orgasmo masculino.
Y allí surgías rebelde, terrorista o santo; yo, la monarquía hispana, el imperio romano cobrando su tributo o quizá peor… genocida.
También se intercambiaron los roles
de vez en cuando
me tocó ser la madre llorando sus tres hijos,
la novia con el anillo precoz teñido de luto
el amante en el patíbulo
o el grupo armado que se revela al sometimiento.
Cada vez que cogimos el tridente algo falló, colapsó.
El agua lamió nuestros pies en nuestra embarcación sin rumbo
arca de la salvación.
Arca conspirativa de nuestra cólera omnipotente.
“Si vuelvo la vista atrás estoy perdida” Leí hace poco en el libro que me regalaste
¿Pero abandonarnos es acaso retroceder o avanzar?
Las ilusiones ópticas nos cegaron, tanta belleza nos distrajo, los opíparos banquetes, las caricias entre las sombras y a plena luz...
el placer diluyó el dolor en nuestras almas.
Dejamos que el tiempo nos arrollara ignorando las grietas frente a “nuestras narices”.
Hoy es toda una falla, le dieron nuestro nombre.
El amor.
¿En qué momento se alió con la locura?
Acaso son la misma cosa.
El descontrol guió cada acto, a veces trajo victorias deliciosas pero también la más amarga desesperanza.
La locura se tragó al amor con tres vasos de soberbia y un sorbo de egoísmo.
Profanamos santuarios que se tiñeron con tantas batallas mundanas
Nuestra propia Guerra Santa no fue más que la codicia de almas en pañales.
Tanto fuimos leales como llegamos a traicionar nuestros juramentos,
la naturaleza del hombre triunfó
Como dijo tan lúcido y doliente Wilde:
“Y que no haya nadie que lo ignore: / Todos los hombres matan lo que aman: / Con mirada de odio matan unos, / Otros con frases engañosas matan, / El cobarde lo hace con un beso, /
El bravo con la espada”
Los soberanos se tardaron demasiado en comprender el daño cometido
Vieron los ríos de sangre y no eran más que lágrimas de una pasión consumida
Las mutilaciones que fueron los empujones y manotazos torpes
La deshonra que fue cada insulto prescindible
Cayeron en la cuenta de que todo pasado fue mejor
(que los últimos meses)
había abundancia de recursos
Paz, marraquetas crujientes y carcajadas de postre.
Besos estimulantes antes de dormir abrazados,
mudos entre sueños
y besos suaves al despertar entrelazados.
Hubo alianzas indebidas.
Pequeñas traiciones y dilapidación de fondos
de nuestro tesoro monárquico.
Decapitamos
los bellos momentos de caricias y mimos
que coronaron las funestas picas a la vista de todos.
Pero creo que ambos sentimos el cuerpo ligero,
la piel y cada vello liberado,
cuando nos quitamos el yelmo y escudo,
el hacha de guerra, la cota de malla o la ballesta letal...
en fin nos sacamos la coraza,
y esquivamos (o aceptamos) una muerte ineluctable…
la de nuestra relación.
Dejaste caer rocas descomunales contra mi palacio fortificado
escupí de rabia al ver cada proyectil acercarse,
dañar mi confianza
bajar la moral de mi hombre
perder la esperanza
Todos parecían pedir mi cabeza
¡Qué pésima administración!
De no haberla perdido entre tu cruel y deliciosa seducción,
la habría entregado gustoso
si con eso frenábamos tanto dolor.
Pero tantas veces fui yo el general victorioso,
el monarca sanguinario e indesafiable
conduciendo tu hermosa anatomía
a la horca o la guillotina.
Rezaba hipócrita por el perdón de tus pecados y
daba la orden a cualquier lacayo.
Contemplaba y latía tus últimos suspiros
“una palabra tuya bastará para sanarme”
Creía escuchar <<amor>> entre tanto grito de jaurías
No hay nada que complazca más al vulgo
que una cabeza rodante
Entonces reaccionaba frenético,
como un fanático religioso ante la mínima blasfemia
Anulaba la orden, corría a tu lado
y depositaba mi capa de seda en tu espalda,
llorando desconsolado.
¿Cómo te iba a perder?
George R. R. Martin: “Cuando se juega al juego de tronos sólo se puede ganar o morir”
¿Dirías que saliste victorioso? ¿Ganó alguien?
Porque en nuestra capitulación nadie puede ganar. Al menos ninguno de los dos.
Sin embargo, me enviaste tu rendición.
Qué documento más angustiante…
Me llegó tu ballesta y cuánto quise dispararla en mi garganta.
Nos reunimos a firmar el armisticio.
Las tierras fueron repartidas,
con la indolencia de quienes no se conocen
Levantamos una cerca y juramos nunca volver a cruzar.
Nadie salió victorioso,
porque perdimos tanta vida por igual,
quedamos débiles e incompletos
empobrecidos, paupérrimos.
Jugamos a tener el control,
a levantar el cetro con orgullo
y nos quedó grande.
Tras tanta ceniza germinarán las nuevas siembras
otras permanecen estóicas a nuestros yerros.
Nadie nos tuvo fe salvo nosotros,
y sólo nosotros,
SOLOS
partimos al exilio en un camino bifurcado.
Perdimos una estúpida guerra,
pero estamos vivos, sentimos, somos aún humanos y frágiles.
Tuvimos nuestro apogeo
Dicha y carnavales varios
Juglares cantaron nuestro amor por las cuatro esquinas
y ahora le agregan la gris moraleja.
1 año 3 meses y 27 días
duró nuestra dulce ocupación.
Nos hicimos del mundo, cogidos de las manos
y de la misma forma lo vimos arder,
impotentes.
Y este limbo no es más que el comienzo de la era más complicada.
Habrá que reconstruir,
elevar un imperio desde los cimientos.
reforzar las almenas de la seguridad en mi mismo,
erigir la fortaleza de mi identidad trastocada en el tira y afloja.
Aprender a disfrutar de los espectáculos públicos
que en secreto también disfruté,
o de los privados como una película
solo que esta vez no tendré esa compañía,
la del caballero más adorado en la corte.
Renombrar cada rincón consagrado a nuestra historia,
quitarles la marca idólatra.
Que pase de ser la comuna donde vives
a una más de esta urbe.f
Descubrir que hay pasiones que me heredas,
y que hubo códices preciosos
que escaparon a mi entendimiento.
Encontrar la sombra de tu talle en mi cama
y la estela de tu perfume entre mis prendas.
Escuchar canciones que me enseñaste
y que se conviertan en himnos a nuestro amor
abatido en su distracción.
Borrar el eco tu risa estridente
de los corredores de este palacio decadente.
Aceptar que nuestra obra ha quedado en ruinas
y de las piedras hacer monumentos a lo que fuimos.
Todo.
Chantajear a la memoria para que te vaya almacenando
bien al fondo de sus compartimientos y que no me de la llave.
Despojarte de los cargos que ocupabas en este reino,
dejar que quizá se presente algún digno sucesor.
VIVIR
con la satisfacción de nuestra historia
que acaba
dejando un legado
rico en experiencias.
Porque si algo nunca faltó fue amor.