martes, 21 de abril de 2015

Ganímedes sin Zeus


Siempre corrió como las primeras yeguas domadas aun con porfía, el turbio rumor del muchachito de porcelana, de cal y oro. De rudas y toscas expresiones cuando a la vez distinguido y delicado como un campo de rosas silvestres. Su paupérrima figura pueblerina, mas aquellos brazos signo de las más descarnada virilidad y los rasgos esculturales fueron su perdición. Meteco presa de la divinidad de su linaje y de origen otro bastardo.                                                                                        
Su hedor testosteronesco aun primitivo, digno de heroísmo, un bastardo Olímpico, recorría los montes escabrosos irradiando la pureza bestial del Adonis azotado por los hados. Futuro esclavo en la eternidad a los pies del mayor tirano, aquel dominador celoso y déspota, arpía en su divinidad inexorable. Calzaba las confecciones artesanales de cualquier Ilota o Efebo, claro que aquellas aplicaciones de runas tan bien estudiadas suscitaban la deferencia y desconfianza de los griegos y troyanos. El primer rechazo. He sabido de docenas de grandes maestros que apelaron por amaestrarlo y pulir al fin la brutalidad zafia de su rostro a punta de letras y caricias; mas su anatomía dorada debía permanecer inmaculada y casta para el gran conspirador insaciable, azote de los mortales.

Pero el tiempo de las criaturas y sus circunstancias son diferentes. Ganímedes el niño se desarrolló con prisa y rebeldía. Ansiaba las más bellas capas decoradas de púrpura, los tocados y las sotanas, no tanto por una fuerte disposición a la fe como por un gusto desmesurado por las telas nobles. Su madre, mujer desconocida y de esfuerzo no fue capaz de otorgarle una figura paterna y sospechaba aquella la causa de su leve pero reconocible amaneramiento. Todo cuanto sabía era que la criatura progenitora había sido un afamado y recio marino, demasiado ocupado en los navíos como para hacerse cargo de un mocoso corriente. Más lo que nunca sabrían uno y otro, padre y primogénito era la intensidad con la que estaban en sangre enlazados y la fama que se posaría sobre su figura. la gente había creído erróneamente y en una afán por limpiar la imagen de la familia, cuya abuela había sido nada más y nada menos que una doncella de palacio, pero sucumbió ante el adulterio y fue condenada al ostracismo. De allí que se creyera a Ganímedes hijo de Tros por la cabellera rubia y la elegancia de su figura, pero aquel origen era aún más espeluznante y misterioso.

Ganímedes el joven campesino se desarrolló temprano, siempre opacando a sus pares que no detenían la oleada de acosos y burlas cargadas de una envidia desmedida. Luego cada molino, cada noche estrellada en solitario era un riesgo incalculable y podría jurar que cada vez que osaron poseerle a pro y contra voluntad, del cielo caía un único trueno que paralizaba la tierra y salvaba al espléndido hombre medio divinidad, medio mundano treceñil de sucumbir al placer sodomita. Desde pequeño sintió un llamado, una curiosidad inquisidora por las criaturas del mar, pero en su localidad rural nunca tuvo ocasión de conocer aquel elemento extraño que lo asaltaba entre sueños y cuando su mente no hallaba otra manera de ocupar el tiempo. Soñaba usualmente con bramidos enfurecidos y centelleantes marejadas. El ronco balanceo de las olas contra los barrancos. E incluso en sus peores ensoñaciones veía precipitarse hasta el fondo del océano los brulotes y pesqueros de todas las naciones. El origen de su nombre indicaba con mayor fuerza y resumía lo que aquel muchacho sería: «ganuesthai» + «medea» («regocijándose en la virilidad») Ganímedes. Relatan algunos un episodio, su madre preparando una crema de mariscos, le dijo que provenían de Tebas, y nadie comprendió como el infante ignorante fue capaz de reconocer el origen de cada marisco como si hubiese sido su ocupación desde tiempos remotos. Ganímedes no vivió pubertad alguna y su proceso de adolescencia fue superado en cosa de semanas, a sus quince años ya lucía como un joven veinteañil y a sus diecinueve era tan varonil como cualquier soldado regular de veintisiete años. Y las damas, a las que siempre se mostró reacio lo cortejaban con descarada coquetería a la que respondía con la más álgida indiferencia, o peor aún sin respuesta alguna. Damas distinguidas, viudas y pubertas todas sucumbían ante su encanto  y todo plan de conquista acababa frustrado y con el paje como único interlocutor del muchachito ambiguo. Se desarrollaba el segundo de los rechazos y Ganímedes carecía del todo de amigos. El mito de su sexualidad tránsfuga iba en aumento, ascendía como la levadura con toda su serpentina carnavalesca. A la vuelta de los cultivos fue donde el hombre al fin probó los placeres que serían para siempre su deleite. Finalizada su labor se dirigía a casa despuntando la tarde hasta que se topó con un esbelto militar portador de una gastada y maciza lanza. Cruzó por el lado, altivo como acostumbraba hasta recibir el beso gélido del hierro contra su torso desnudo y ni siquiera aquel abdomen firme y trabajado pudo detener el impacto. Cayó tendido de bruces, escupiendo sangre y cubierto de barro. Intentó torpemente defenderse hasta que la lanza nuevamente interactuó, esta vez con su pierna dejándole una herida de cortesía, jamás letal pero como una severa advertencia a ceder. Él soldado  le volteó con violencia y removió el taparrabos con avidez, certero como un cirujano se quitó el penacho y la protección y una lanza más corta y circundante hacia la punta se alzó instantáneamente, gruesa y blanquecina, estirada hasta el límite con las venas inyectadas en un acceso sexual. Ingresó profanando el templo de Ganímedes el puro.


Arremetiendo con furia y placer incesante ascendiendo en intensidad y espasmos hasta verle sangrar y confundir los fluidos en una profusión hedónica e impura. El soldado acabó y se retiraba triunfal sin antes patear las costillas del joven violado. Marchaba triunfal y hubiese huido vencedor si Ganímedes el formidable no se hubiese lanzado anhelante de venganza como un tigre herido y anhelante de venganza, poseyéndole con doble intensidad y destrucción. Mordíale, rasgábalo y arañábalo derramando el tinte por la piel ajena. Y acabo y corrido finalizó su revancha clavándole certera aquella lanza en el pagano cráneo que se tomara demasiadas atribuciones sobre un cuerpo ya venerado por ningún otro que el grandísimo Zeus. Nuevamente una tormenta celestial vino a ceñirse sobre suelos griegos destrozando acueductos, derribando fortalezas, mercados, atalayas y cultivos y entre los últimos cobrando la vida de la madre del joven ahora huérfano por completo. Parecía el fin, había que hallar nuevamente el sustento y el único lugar resguardado de la cólera de la deidad relampagueante eran los dominios de Poseidón, y volviendo sin saberlo hasta el núcleo de su sangre, se dirigió a Creta y a las aguas circundantes de la una vez infranqueable Troya.

Así el joven cada vez más cercano a su fatal destino se aventuró a los viejos sueños de infancia y su padre, gran soberano de las aguas fue cálido y generoso, protegiéndolo, alejando las tormentas y acercándole con entusiasmo la abundancia de peces y ostras. Quizá por el simple deseo de contemplarle cuando las devoraba rodeándolas con los finos labios y empuñando la lengua retorciéndola para al fin degustarlas en los recovecos de su boca. Vaco no fue menos generoso y le ofrendo siempre en los carnavales las más finas cepas de los más pulcros viñedos.
Ganímedes el cuerpo de mármol, y sonrisa rubicunda tenía ya asegurado el favor de todos los olímpicos, salvo por los bajos servidores que cultivaban el odio al ver sus puestos amenazados ya que creían sería convocado a cualquier cargo menor. Idea que particularmente irritaba a Atenea quien siempre debía controlar a sus hermanos y sobrinos y evitar la presencia de discordia. Incluso el turbio y siniestro Hades ansiaba al joven dentro de su morada de ultratumba.

Ganímedes era una celebridad y hasta los dioses enloquecían por él. Aunque no comprendía lo que impulsaba sus acciones se sentía profunda y únicamente atraído por el peligro de la felación y el conducto pubi-anal. Como buen objeto codiciado que fue, se pavoneaba y dejaba seducir por los más cálidos amantes en campos y colinas en bosques y a plena navegación, su cuerpo ambrosía de mortales destinado a ser disfrute de los varones y celo de los divinos. Poseidón sería su eterno protector, una especie de padrino y nunca comprendió su ascendencia y por otra parte Zeus su poseedor, amo enfermizo y verdugo. Ganímedes sin Zeus extraviado y a veces hallado. Fugaz, al borde de expirar, al borde de desplomarse pero siempre salvado. Provocando los más honestos suspiros entre fenicios, griegos y persas de las más vastas castas y ocupaciones. A veces despertaba en medio de la noche en vigilia cegado por pupilas refulgentes y oyendo una voz diferente a la de su juventud, una voz lujuriosa y de mando como la de un general ordenándole montarse al lomo y cogerse de sus alas para llegar a la eternidad, con todos los privilegios inamovibles de un inmortal, todo aquello acompañado de chillidos plumíferos y protestas marinas. 
Cada vez con mayor frecuencia se despertaba espantado y curioso de al fin acercarse a la epifanía y mantener la frescura deleitable de su lozana forma. Intentaron tantas veces casarlo, reconocerle hijos, adentrarlo en romances y conservar el polvo. Pero Ganímedes destinado a la gloria y tan mal amado, lastima de vida condenada a más crudos tratos que Atlas o el mismo Sísifo. Incluso más trágico que Cronos siendo mutilado por su prole.

 Su apetito insaciable era otro de los signos eternos de su fama sacro-santa y su miembro y sus caderas, sus glúteos firmes y piernas tan bien formadas eran solo el deleite de las más íntimas y repugnantes pasiones homo-eróticas. Ganímedes el crudo amante, el efebo poseído, el rudo penetrador, el versátil indeciso, él perito del sexo oral y lame anos, el bujarrón, el saraza, el alma pérdida buscando aquel trozo de esperanza en hallar el indicado, esa parte fundamental que complementara su carácter y cuerpo, que lo colmara de vida y esa dicha huidiza. No acabar nuevamente entre las garras y piernas de tanto pater familis, soldados y labradores, marinos, comerciantes, aristócratas, terratenientes, pederastas y gonorréicos. Hijo perdido de Sodoma y Gomorra más fiel que cualquiera a la placible Sodoma, al paraíso penetrante del amor desviado. Testículos hinchados que se deshacían en innumerables orgasmos, veintitrés centímetros de desbordante locura, orate que colma las hendiduras de los hombres y los labios mordidos desangrándose entre las papilas gustativas. Animal salvaje y poeta de la intimidada, monumental fornicador y avasalladoramente fornicado. Ganímedes el paria, el príncipe, el conde de la conquista, el don Juan de los burdeles y enemigo declarado de transformistas y lésbicas; ya que no cabía en su cerebro poco cultivado denegar de la potencia de un buen y erecto pene eyaculante. Ciego en su frenesí continuó hasta los veintisiete, tiempo de su plenitud sexual, su salvaje erotismo. Su porte y musculatura se acercaban al designio de las Moiras fúnebres y nada de lo que hiciera evitaría que las severas damas cortaran el hilo tan fino de su vida en hora tan emblemática.
Así fue que un día comprendiendo su destino se entregó a la casualidad o causalidad de un terreno baldío cercano al monte Ida en Creta, habitado por la crueldad de la pasión enfermiza del zoomorfo tirano insaciable, que celoso comenzaba su descenso con la velocidad insondable de un relámpago nocturno, directo hasta su presa, desatando una tormenta que llegó a conocerse como el gran diluvio. Pero el maestro había ya limpiado la lista y cobrado la cuenta arrojando las almas profanadoras de su Ganímedes directo al juicio de su hermanito Hades, dominador del inframundo. Solo una demencial guerra de toda nación contra todo estado podría equiparar la cantidad de citados que la ira llevó hasta aquel Juicio.

 En el cosmos una constelación, entre las estrellas y la infinidad gravado su nombre, un título intachable, un objeto de arte, un rapto magnífico y teatral, conmovedor al punto de inspirar la futura pluma de Ovidio o de Goethe y la brocha del mismo Miguel Ángel. El muso eterno e los gorriones, gavilanes y mirlos con una ala rota. Ganímedes el santo mártir de los homosexuales fue la víctima de la calentura amorosa y febril de Zeus. Los montes lucían más erectos que de costumbre y entre la profusa niebla y la torrencial lluvia la cuesta del monte Olimpo, la cresta del águila furiosa iluminaban el páramo y los matorrales. El viento desnudaba el torso del muchacho de veintisiete años, Ganímedes era desvestido y se desprendía por sí mismo, y se erguía su contundente falo con la caricia húmeda de la ventolera. Un kilómetro sobre sus hombros fibrosos se alzaba el dios plumífero con los clarinetes anunciantes y desde el nubarrón en lo alto del Olimpo todos contemplando absortos aquella maniobra irracional de quien fuera su jerarca, la fechoría se llevaba a cabo. Solo una no miraba, la mujer de Zeus, Hera quién desde saber la existencia del mocito había ansiado su aniquilación, el odio y los celos la dominaban pero fueron más fuertes sus impulsos por conservar su posición y acatar las imposiciones del líder. Como el rapto de la bella Helena y con consecuencias tan devastadoras como aquellas, el deseo visceral del águila excitada. Plumas erizadas, alas extendidas en plenitud, y caída libre como un cañonazo teledirigido, dopado por la libido mientras Ganímedes sollozaba, tocia, se retorcía, vomitaba y se corría, la mucosidad de sus cavidades se intensificaban, sudoroso y empapado veía su anunciación hacerse realidad.
Zeus bajó al piso, lo rodeó, revoloteó y como un pavo real o un avestruz por su envergadura hipnotizaba al ingenuo y perturbado mortal. Gorjeaba y gemía, volaba circundándole, sobre el pecho encendía las plumas, provocaba la lluvia, la detenía a su antojo, Se miraron sin lugar a dudas a los ojos por más de tres minutos, sus párpados, el ave leyó cada una de las dudas, pensamientos y temores del muchacho condenado. Se irguió infló el pecho, se elevó treinta metros y cogió al fin clavando con sutil violencia y sadismo el tronco del joven casi desmayado. Una garra le perforó el pulmón derecho, otra el abdomen, una tercera se incrustó entre las costillas pero pese a la hemorragia abundante, no se quejó, ni musitó, ni gimoteó. Acepto su rapto como quien acepta un trago a un familiar desconocido. Y de un zarpazo letal con su pico petrificado degolló al hasta ese entonces frágil doncel. Lo llevó volando hacia la cima luminosa, y conforme ascendían las lágrimas regresaban a las pupilas, el tinte al iris, el pulmón y las costillas se regeneraban y la sangre volvía con su cauce hasta el punto de fuga. Ganímedes respiró hondo y se desmayó siendo ya un ser inmortal. Despertó al cabo de tres días de tiempo humano y sintió que aquello solo fue medio segundo. Comprendía que el Olimpo era un sitio eterno, rutinario y dónde cada rol se debía cumplir a cabalidad y en falta eran expulsados sin apelación alguna. Los primeros meses fueron los más duros y aquellos que más le enseñaron, se hizo amigo solo de las bajas criaturas hembras pues aunque lo deseaba todo varón que se le acercaba era ejecutado por el dictador mayor.
Comprendió cuanto lo compadecían y otros envidiaban, comprendió y se enteró de los chismes propios de cualquier lugar, incluso de como Hades acabó siendo amargado y lúgubre cuando en otros tiempos era la deidad de la dicha jovial y la honesta felicidad, y ahora a causa de su afán por la distracción confinado a ser el monarca de las tinieblas y dedicarse a torturar a las más horrendas e infelices criaturas. Ganímedes con Zeus una nueva ocupación en la tierra, caos y guerra, cruzadas para encontrarlo, rezos a Zeus quien se jactaba contemplando encantado y burlón a los pretendientes despojados que habían sobrevivido para acabarse unos a otros. Los dioses constantemente se dirigían a Ganímedes como la mujer, la puta o la esclava del dios. No aceptaban su divinidad y cuestionaban su origen todos salvo su padre, Poseidón. Solo una vez se toparon y las lágrimas y un nudo gargantil se dispuso en el dios marino, pero rápidamente sofocado por don Zeus el muchacho ignoró hasta el final su verdad. Cuando vestía algún ropaje eran vestidos, brazaletes y alhajas finas, púrpuras, sotanas y todo aquello cuanto había ansiado de muchacho. Pero ahora no eran sino el símbolo de su sumisión física. 
Ganímedes con Zeus y la rutina tediosa, la servidumbre que detestaba, ese aliento a hidromiel y ambrosía y a los banquetes que no era invitado. Aliento al vino inagotable que debía ofrecerle en copones de oro y rubíes, y a veces en las cavidades más íntimas de su cuerpo al dios borracho y ladino, al puto in-querible y negrero, así como déspota e infiel que era Zeus. Vivió así en la infinidad con una ilación suicida constante, viajando con su mente a los coitos terrenales que fueron mucho más dulces y satisfactorios mientras era atravesado por el pene inhumano de su amante no amado, llevado al coma y al estado vegetal con frecuencia, esperando que Zeus debiera atender asuntos y no tener que atenderlo. Sin embargo los primeros años fue distinto, sintióse enamorado pero al cabo de una eterna obligación de compañía, a un contrato que no recordaba haber firmado el odio y la repulsión eran todo cuanto tenía para su esclavizador. Ganímedes con Zeus, jamás halló su identidad, su rol en la vida, hoy anhela esos tiempos de exploración, la incertidumbre de ser un simple mortal y ese apego a vivir que ninguna criatura celestial poseía. Y finalmente Ganímedes triunfa en su mente odiándole en secreto y anhelando con todas las fuerzas de cada átomo y cada fibra de su ser, volver al de entonces Ganímedes sin Zeus.



Este relato ha sido recogido de la tradición oral y reproducido con la mayor fidelidad posible tras pasar por griegos, romanos, cristianos, protestantes, inquisiciones, quema de libros, imperios, reinados, estados y democracias. Así como sucesivas transcripciones, traducciones y censura.


 

Ave Caesar Morituri Te Salutant






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