Capítulo I
Siguiendo los instintos ¡Cuán tiranos fueron! Decidí arrancarme de todo
-casi los pelos y la piel y las
zarpas- de mi biblioteca ¡Oh, cuánto la extraño y anhelo! Huí de mi familia ¡Ya
era tiempo!
Arrastré el reseco cordón umbilical desde la capital hasta la
precordillera, hasta los andes nevados en sus cimas y depresiones lacustres
cumbrereras y en la cordillera de los Andes, a cuatro mil metros sobre el mar lo
corté y enterré entre el blanco manto que quema.
Me despedí de mis apuntes y de la facultad de humanidades, de los paros
y marchas, pedradas, barricadas y llantos de gas pimienta.
De los pastos y sus bebidas embriagantes, de los buenos e insufribles
amantes (todos y cada uno, incluso los anónimos)
Mi Santiago amado. Te cambié por avenidas descomunales y el falo
obelísquico ese.
Por irme al fin con el objeto animado de mis más hondos deseos y pasiones.
Lo dejé todo salvo el coraje y el orgullo (el cuero de chancho lo traigo
a los hombros compartido)
Ese brío que me tuvo atado a este catre de una plaza y media que
comparto con quién supuse el amor de mis días.
Las sábanas, eterna compañía de los dos- nos tienen acá en tu ciudad
porteña, atlántica fundidos y tercos abrazados de almas y labios.
¡Y todo ha sido opio y un parpadeo frenético de un viejo TOC!
Y cuánto me provoca y contenta ser tu esclavo y tu mi posesión, al menos
hasta hoy en este día enrarecido, místico y sombrío que lo trocó todo en esto.
En el” qué se yo”.
En esta prisión preventiva.
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Posible inicio de una novela futura.
Ave Caesar Morituri Te Salutant

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