lunes, 20 de abril de 2015

Salto al abismo

En las fauces de la noche, criaturas y alimañas abisales;  bajo la taciturna umbra de los edificios, erran como hormigas atacadas por la lupa de un dios salvaje.                                                                   Huyen quién sabe adónde, con una bolsa negra en la mano…
Piso catorce. Veinte los años. Tres las horas desde la medianoche y ya olvidaban la cuenta de los tragos, no así su efecto embriagante. 
La calle extendía sus palmas y exhibía las zarpas como él, en medio del departamento de un ambiente, en ese barrio tan ajeno al suyo, junto a ese cuerpo tan ajeno al suyo. Nada era propio, salvo los irrefrenables deseos en la calma histérica de la urbe.
¡Oh, las banalidades mundanas!
La mano extraviada que se posaba en el hombro familiar del amigo. Al que no veía hace años ¡Y cuán cambiado estaba! Tanto más atlético y sensible. Más racional o eso intuía.                                     Pero ese hombro pasó a ser una clavícula, un músculo pectoral generoso, unas costillas y un pecho que bramaba al unísono con las palpitaciones de los traviesos dedos.
Con la cadencia de la música en su progresión, llegaron a la pasión irrefrenable de The Doors, se acariciaban – “Come on now touch me, baby. Can't you see that I am not afraid?”- abrazos –no como los de ayer- como yugo, apretones de las manos en distintas zonas del cuerpo, dedos que se incrustaban en la carne como cubiertos que se clavan en un banquete romano, de licor y saliva. De dientes rasgando los rincones inexplorados.
Y no caían en la cuenta del desvío de curso en esa amistad duradera. No vislumbraban en la claridad de la lumbre de los cuerpos, que aquello no era las luchas en el camarín, ni las monturas en los pastos. Y sin tregua, siguieron la invasión; recorriendo ese vasto misterio de la piel, ya con los labios, ya con la lengua y tendidos en la cama y caídos del catre continuaron enroscados hasta el intenso frenesí. Esa incómoda presencia bajo el abdomen, entre los muslos.                                                     El miembro henchido, golpeando y presionando la barriga en su ya incuestionable asenso.                   Como un elemento desconocido lo descubrieron,  Con una ingenuidad inmaculada. Con ansias de fiera, abalanzándose a la presa carnal.  Suponiendo que no era lo mismo el aparato urinario que la máquina eyaculante -que se alzaba al frente- con impudicia lo empalmaron y deslizaron la cubierta repetidamente, y escapó de la boca un gemido, un vaho demencial, un suspiro hedonista.
-“Love me two times, babe. 'Cause I'm goin' away”-
Una certeza emergía, la del placer. La de una clase particular de amor, puro, bestial e inconmensurable.
¡Cuántas veces miró desde el balcón al abismo! Las veredas impolutas, los asfaltos sin picaduras ¡Qué ganas de lanzarse directo a la piscina incandescente! Volar catorce niveles hasta la sublimación total de los deseos –los de abalanzarse sobre el amigo-. Y ahora estaba ocurriendo. No lo imaginaba, al fin no ideaba la forma de su pene, lo palpaba. Ya no se figuraba el sabor de la opresión de labios y aliento, la sentía. La compartía, la saliva y el reflujo etílico. El gusto a yerba quemada entre los dientes, y en su mente el agua transparente, cristalina enturbiándose en efusiones sanguinolentas. Cuando el antiguo compañero le volteaba y embestía con dulce violencia.
“Esto está mal” pensó el dueño de casa. “Yo no soy ningún maricón” gritó –aun estando dentro del otro-. ¿Y tú creis’ que yo soy maraco hueón? Preguntó moldeando el quejido en un sonido casi inteligible. ¡Solo acaba por favor! Acabarlo, eso era todo. Liberar la blanquecina savia dulzona y todo volvería a la naturalidad, a la disco con las minas, a las tetas y caderas, y no a esos oblicuos como asas. No al puñal carnoso que masajeaba en el acto mientras le invadía.
Dos amigos, distanciados por la inexorable división de la materia, por ese signo homónimo de la virilidad.
–“Hello I Love You”, “Five to One”, “L.A. Woman”-
Y se acercaba el trance –ojos níveos-, espíritu arrancado por la boca -cogido con la punta de la lengua- y le apretó una mano como reptil constrictor mientras aceleraba el flujo –de entrada y salida- de martillearle el cuerpo, de querer llegar hasta su alma desde la esquina más remota.
-This is the end, beautiful friend. This is the end, my only friend, the end-
Y todo fue perdonado. Todo fue eso. Salvo que no se desprendió.                                                           Se mantuvo unido a la otra anatomía desde el torso y la entrepierna, y el llanto culposo y la sonrisa de insospechada plenitud.                                                                                                 
Permanecieron abrazados hasta el alba. Tomó sus cosas, las dispuso. Se vistió sin meter ruido, se despidió besando todo lo que yacía sin ánimos de despertarle. Bajó corriendo, adolorido y transformado. Como una mariposa salida del capullo, como un primer improperio, como el muchacho y su primer vello en los sobacos.                                                                                                               Escaleras abajo sentía como el sudor se evaporaba, levantando el perfume y el roce inolvidable de la última noche. Bullía la resaca irrelevante. Los años-milenios- de no tener lo que tanto amaba. Pero llegó, existió; y  aun así nunca se repitiera, nunca más se vieran, fue suyo y viceversa, esclavo y amo.

Y se arrojó al agua gélida aun vestido. Las gotas que fluían de sus ojos entraban por su sonrojada nariz. Contuvo la respiración al máximo sin ascender. Recostado al fondo mirando hacia el cielo nublado e indescifrable.  Creyó haberle visto pasar como un rayo, piquero a la fuente para abrazarlo. Pero ya no pudo ver más.                                                                                                               ¿Dónde empezaba cuál? ¿Dónde terminaban? Manos en las clavículas, sin titubeo alguno lo hundían incesantemente hacia el fondo del abismo. Ya la transparencia se trocaba un pozo de alquitrán. Ya el pálpito se extinguía. Nada más las últimas burbujas de su aparato respiratorio.         
El tiempo se ahogó en el bombeo del filtro. Allí se congeló.



Ave Caesar Morituri Te Salutant

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