
Quizás me volví del todo inmoral, ¿Dónde están? ¡Dónde perdí mi dignidad! Ay, que me lapiden -no sucederá porque soy varón- Tal vez me convertí en un adultero, en un cerdo traidor. En un estúpido incapaz de practicar monogamia. ¡Quisiera conocer cien hombres en mi nación Que hayan respetado intachablemente los compromisos Anti-carnales de ese amor estable! Ay que me ardan en la hoguera y mis costillas se hagan braza Que incendie la literatura erótica toda, propagandista del libertinaje.
¡Qué ardan los chats y el tinder! Que se eleve -como antes- el matrimonio
Pero que esta vez las damas, puedan lucir sombreros
Y no ya esos enormes cuernos a los que se acostumbraron.
Sepan -y no olviden, por favor- el motivo de mis prácticas. Yo no pertenezco a esa doctrina, La que sitúa la dimensión de los cuernos que ha de cargar la pareja, Como símbolo inequívoco de la virilidad propia. Soy de los que cree que a mayor infamia, menor calidad y cualidad humana. No soy una alimaña pélvica sobre-excitada, solo soy presa de la tentación. Miré el fruto prohibido, lo palpé y me lo tragué entero. Solo porque estaba vetado y me gustó. No así las consecuencias ¡Ya pagué señores! ¿Puedo volver a sentir mi dignidad? ¿Y por qué ahora me ofendes? ¿Se te olvidó como nos conocimos? Que antes de hablarnos en profundidad ya tenías mi falo en la boca. Así fue. ¿Y vienes ahora con aires moralistas a juzgarme? No sirve la moral predicada con el pene en la mano Y puedo figurarme tu imaginario obsesivo. Me imaginas abierto de piernas -extendidas en ángulos imposibles incluso para ti- Tendido en níveas sábanas de oro bordadas por manchar, Recibiendo caricias con la lengua y pellizcos con los dientes Húmedo y mojado, drogado y extasiado, Sonrojadas las cavidades y protuberancias. Salivando como bestia en la cama Casi sangrando ¡Para esto tu mente siempre fue fecunda! Sí, lo asumo. Te cagué, pero deja excusarme Lo hice para ver por una vez, Por un momento mínimo Alguna emoción en tus álgidos ojos. Y todo indica que funcionó. ¿Qué haremos entonces? ¿No fueron acaso dulces y más relevantes los tiempos dichosos, Que esta miseria pasajera? Allí de nuevo tu afán de generalizar ¡Si por eso fuera! Condéname, anda, ¡lapídame y árdeme en tu pira! Sentencia mi muerte en tu sacrosanto tribunal En el que -tú- el juez incompetente y ciego Jamás falló, nunca olfateó otra carne Ni cayó presa de instintos hirientes. Yo me pudriré en la resolución desfavorable -desde la defensa misma-, Expiraré y temblaré. Pero tú, putrefacto en vida Serás el único derrotado. Yo, en el último suspiro, Reiré frente al verdugo Imaginando tu desgracia.
Ave Caesar morituri Te Salutant


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